lunes, 14 de septiembre de 2009

CON EL TIEMPO



Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, que el amor no significa acostarse y una relación no significa seguridad; y uno empieza a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas; y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos.

Y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.

Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema. Que hay que plantar su propio jardín y decorar su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno vale, y con cada día... uno aprende.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.

Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.

Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por compañía a tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.

Con el tiempo te das cuenta de que los amigos verdaderos valen mucho más que cualquier cantidad de dinero.

Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes.

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.

Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios multiplicados al cuadrado.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas.

Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.

Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado.

Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba ya no tiene ningún sentido.

Jorge Luis Borges.


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viernes, 11 de septiembre de 2009

AUTORRETRATO A LA EDAD DE 21 AÑOS




Dicen.
Dícese que está loco - para empezar -
Dicen que es el hijo tostado por el viento,
que es el hijo pálido del sueño.
Dicen que es hermoso
tan fermoso como feo.
Dicen que calla cuando sabe
y cuando habla miente.
Dicen y desdicen cuanto saben
y maldicen al hijo amante,
y adoran al hijo que les miente.
Y dicen que es alegría y tristeza,
que su mirada hiela y a veces quema.
Y dicen, y dirán, y seguirán diciendo
que yo siempre miento.

uno, dos, tres, …, …, respira…

Dicen que está loco.
Dice sí queriendo decir no
y dice no cuando quiere decir que NO.
Dicen que mezcla dioses con malditos
y se ríe cuando llora.

Y dicen que es payaso por todos lados
y genio en todas partes.

Y es imbécil y es galante.

Y dicen, y dirán, y seguirán diciendo…


Aníbal del Valle Uría.


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Que digan lo que quieran. A mí me gustas tal y como eres. Te quiero tal y como eres y adoro esa sonrisa.Sigue sonriendo, por favor.

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viernes, 4 de septiembre de 2009

VIEJO ROCKERO



Rockeros vertiginosos escondiendo pasiones
en ráfagas de incesantes melodías
llevando un rasgueo al universo
para poder sentir adrenalina.

Rockeros con pluma en la mano
viajando a lo alto del crepúsculo
componiendo con frases célebres
sensaciones como ninguno.

Rockeros cantantes poderosos
Lennon, Morrison y Osbourne
llevan la locura en la boca
y en sus temas el despojo.

Rockeros leyendas eternas
llevando su música al infinito
haciendo que tu cuerpo vibre
y sus canciones sean tu alimento.



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miércoles, 26 de agosto de 2009

CLAUDIA



La cosita que esperaba con más impaciencia, pues se ha hecho de rogar (tenía que haber nacido el día 14), por fin ha llegado.

Se llama Claudia. Ha nacido a las 10’36 de esta mañana, con 3’680 Kg. de peso, un color rosadito envidiable y es mi sobrina número cuatro :)

Perdonad si os mojo la pantalla del ordenador pero…..se me cae la baba!!!



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martes, 25 de agosto de 2009

LA SENDA DEL CEMENTERIO




Con su más terca luz el mediodía
vuelve a darme en los ojos. Alguien, antes
que yo, se ha levantado y ha dejado
los postigos abiertos al marcharse.
Camino hacia esa luz, pensando sólo
en encontrar el rastro de sus pasos,
pero afuera las calles y los huertos,
los jardines y el tiempo se confunden,
todos los rostros son el mío, todas
las voces son un eco de mi voz.

Una pequeñísima parte del libro: "Una canción extranjera", de mi amigo, Ángel Paniagua.


Disculpad que no haya pasado por vuestros rincones pero acabo de llegar de Barcelona y aún no he podido ponerme al día.
Prometo hacerlo en breve.

viernes, 14 de agosto de 2009

ME SORPRENDIÓ EL VERANO TRAICIONERO




Me sorprendió el verano traicionero
lejos de ti, lejos de mí muriendo.
Junio, julio y agosto, no os entiendo.
No sé por qué reís mientras me muero.

Vengan nieve y granizo, venga enero,
vengan escarchas ya, vayan viniendo.
Troncos que fueron nidos ahora enciendo
y no consigo la calor que quiero.

Suelta la vida al viento falsos lazos:
no hay flor, ni luz, ni sed, ni amor, ni río.
Sólo hay un corazón hecho pedazos.

Agosto miente, amor, y siento frío.
Sin la tibia bufanda de tus brazos
aterido sucumbe el cuello mío.


Antonio Gala.

lunes, 10 de agosto de 2009

LA TERRIBLE Y VERDADERA MAÑANA DE GREGORIO SAMSA


La pesadilla que atravesó la noche anterior de Gregorio Samsa fue definitivamente atroz. Se soñó de mañana, en el mismo instante de abrir los ojos luego de un sueño sobresaltado. Lo primero que asaltó la mirada de su sueño fue el techo, el blanco y agrietado límite que le hacía las veces de cielo a su cajón. El techo se veía tan blanco, tan techo como siempre, pero Gregorio sabía (con la sabiduría infalible de los sueños) que, a pesar de su apariencia inofensiva, ese techo pendía de un hilo, que estaba a punto de venírsele encima y aplastarlo. Vio su mesa, y en ella su muestrario de paños, pero este muestrario tan cotidiano, tan compañero, tan de él que ya era carne de su carne, parecía ahora tan lejano, aún cuando estaba sólo a un par de metros de distancia, que pensó: «ya no es mío, nunca podré alcanzarlo, hay una distancia inmensa entre yo y ese viejo muestrario». Luego, sus ojos se posaron en el cuadro que había colgado hacía dos semanas, el cuadro con la glamorosa muchacha del abrigo adentro. La muchacha, modelo anónima que vendía con su cuerpo el cuerpo de un desdichado animal, ya no lo miraba seductoramente como solía hacerlo en la vigilia. Ahora parecía mirarlo con una sonrisa burlesca, pero a la vez con unos ojos que decían asco y, sí, miedo, una mirada que lo asustaba, porque aquellos ojos mostraban el terror que siente el testigo de una imagen monstruosa. Buscando aire en este asfixiante océano de lo cotidiano-terrible, lanzó su mirada hacia la ventana, antes tan vulgarmente presente como para ser invisible y ahora tan esencial, tan atractiva como agujero de escape hacia afuera, afuera de allí, de aquel sueño, pero a la vez tan siniestra, pues amenazaba con esconder lo que había del otro lado. Todos los objetos ciudadanos de su cuarto, tan domesticados por el tiempo, el uso y la familiaridad que ya eran asumidos como viejos amigos, o por lo menos como mendigos mudos que se encuentran siempre en la esquina y que son invisibles, presentes sólo en el sonar metálico de sus monedas tan continuo que es igual al silencio, habían ensombrecido. Los fríos y neutros cuerpos que habitaban su cajón aparecían en este sueño sigilosos, con filo, en una incomprensible actitud de amenaza velada.

—¿Qué me estará pasando?





Fue entonces cuando se encontró sobre su cama convertido en un repugnante bicho. Trató de gritar, de moverse, pero de su boca sólo surgió un sonido indescriptible, impensable, y su intentona de moverse resultó en la rebelión de un montón de patas que salían de su oblongo y extraño cuerpo. Desesperado, miró al techo, pero éste ya no era blanco como antes sino rojo hemorrágico, y venía a una velocidad vertiginosa a caerle encima, a destruirlo. Luego miró hacia la ventana y descubrió que en su lugar en la pared colgaba un uniforme nuevo, lustroso, y este uniforme no permitía el acceso, ni siquiera con la mirada, al mundo salvador de afuera, donde no había monstruos. Luego, ya con el rojo encima, Gregorio escuchó aterrorizado la risa cruel y a la vez de espanto de la muchacha, a quien ya no tendría que mirar para saber que era su hermana dentro del abrigo de piel dentro del cuadro. En ese instante despertó, sudoroso y agitado, de la pesadilla.
Lo primero que hizo al abrir los ojos fue mirarse las manos y palparse el cuerpo amordazando un grito, esperando encontrar patas, caparazón, anatomías artrópodas y desdichadas. El grito se convirtió en un largo suspiro de alivio que se escapó de sus pulmones, de su boca, dejándolo vacío del miedo atroz que le había causado aquel sueño maligno. Su cuerpo estaba intacto, sus manos eran dos con cinco dedos al final del brazo, su cuerpo indiscutiblemente humano, con todas sus partes rosadas donde Dios mandaba. Ya más tranquilo, Gregorio se levantó de la cama dispuesto a prepararse para ir a trabajar. Miró el reloj y se dio cuenta de que se le había hecho un poco tarde.
«Mamá, tenme el desayuno listo, que voy tarde», gritó desde su lado de la puerta, pero del otro lado no se escuchó respuesta. Gregorio pensó que posiblemente sus padres también se habían quedado en la cama, exhaustos de pesadillas como él. Comenzó a vestirse cuando vio su muestrario en la mesa. Recordó el sueño de la noche anterior y sintió una necesidad indescriptible de pasar su mano por el cuero viejo de sus tapas y palpar los paños polvorientos y deshilachados que albergaba. En cierto modo el tocar aquel muestrario le llevaría un mensaje certero a la pesadilla de que había sido solamente eso, y nada más. Fue y lo tocó, sintiendo algo parecido al cariño, y pensó que a pesar de todo, a pesar de la rutina implacable que dominaba su existencia, en mañanas como ésta, luego de llegar a la superficie de un océano tan negro y profundo como el de su pesadilla, amaba la vida.



Terminó de vestirse un poco extrañado de no escuchar los ruidos cotidianos de la casa, a su madre llamándolo a la mesa porque era tarde y no debía disgustar al gerente y amenazar su trabajo, a su hermana ayudando a su madre o quizás arrancándole algunas notas matinales al violín. Salió del cuarto y se dirigió a la cocina, donde escupió un grito de ardiente terror cuando vio en el suelo aquel animal grande y oscuro arrastrarse sobre un millón de patas por el suelo. El animal parecía moverse con miedo hacia atrás, alejándose de él y ocupando el espacio que había entre la estufa y una silla pegada a la pared. Extrañamente, aquel engendro bestial parecía tener más miedo que él en este encuentro (no entendía cómo esto era posible). Gregorio salió de la cocina gritando los nombres de su padre, su madre y su hermana, para advertirlos de que un monstruo había invadido la casa. Fue al cuarto de su hermana y tocó fuertemente la puerta, que estaba cerrada, llamando a su hermana para que saliera, porque el mismo diablo se encontraba en la cocina. No recibió respuesta alguna del otro lado. Esto le asustó bastante, pues no era la primera vez que ocurría en lo que iba de mañana (el silencio tras las puertas), que no era mucho. Abrió la puerta y en el cuarto de su hermana había otro animal igual que el primero, sólo un poco más pequeño, que estaba boca arriba en la cama y parecía tener problemas para voltearse. «Debe de ser difícil enderezarse con ese cuerpo», pensó Gregorio alocadamente mientras salía del cuarto de su hermana hacia el cuarto de sus padres, donde seguramente estaría su familia protegiéndose de los demonios que se hallaban en el lugar. Cuando vio que la puerta del cuarto de sus padres estaba abierta sintió como si hielo y fuego corrieran por sus venas, y no tuvo ni que entrar, pues del cuarto estaba saliendo otra gigantesca cucaracha, ésta más grande que las otras dos, y se dirigía directamente hacia él con una autoridad y un paso que le resultaban vagamente familiares. Entonces entendió Gregorio que la búsqueda de su familia en los ámbitos de la pequeña casa que ahora parecía inmensa sería infructuosa. Entonces supo que su padre, su madre y su hermana se habían convertido en sendos insectos. Miró su reloj. Realmente se le hacía tarde.
Corriendo, tomó su abrigo y se dirigió a la puerta de la casa, pero tuvo miedo de salir. No quería atrasarse en su camino hacia el trabajo, no quería encontrar insectos que lo retrasaran en el camino. Pero tendría que salir, no había remedio, pensó cuando vio que la cucaracha más grande lo había seguido a paso lento, seguía acercándosele, como exigiéndole algo que él jamás podría ofrecer. Las otras dos venían detrás de la primera, su líder, con un paso más vacilante (al parecer su hermana había logrado por fin levantarse de la cama). Su madre y su hermana siempre habían respetado mucho a su padre. Las tres se pararon frente a él como soldados frente a un condenado a muerte, con la puerta de la casa haciendo de paredón. Al unísono las tres hicieron un ruido horrible, escalofriante, un ruido que quemaba los huesos. Gregorio salió a la calle apresuradamente, mirando su reloj, y pensó que aunque era tarde, quizás demasiado tarde, tendría aún tiempo para ir un momento al mercado.

En algún lugar había soñado que era el tiempo de las manzanas.

Bruno Soreno.